Si Jesús es el único Salvador, ¿cuál es el papel de la Virgen?

La respuesta revela el papel único de la Santísima Virgen en la historia de la salvación y por qué nuestra relación con María puede cambiar la forma en que nos acercamos a Jesús.

Que Jesús es el Salvador no es ninguna novedad.

Pero quizá usted nunca se haya detenido a pensar en esto: Dios podría haber elegido otro camino para enviar a su Hijo al mundo.

Había innumerables formas en las que Él podría haber llevado a cabo su plan de salvación.

Pero eligió a una mujer.

Eligió a María.

El Hijo de Dios quiso tener una madre. Quiso recibir de ella la naturaleza humana y venir al mundo a través de ella.

¿Necesitaba Dios a María?

No. ¡Pero quiso necesitarla!

Pero ¿por qué Dios, que no necesita de nadie, quiso necesitar a María?

Para comprenderlo, imagine una escena familiar…

Una niña de ocho años tiene un sueño, como muchos de nosotros cuando éramos niños: tener una casa en un árbol.

Su padre, que es carpintero, se propone construirla con gran alegría.

Sabe paso a paso cómo hacerlo… las técnicas, el uso de las herramientas… Todo. El padre podría hacerlo todo solo. Y tal vez incluso lo haría mejor y más rápido.

Pero llama a su hija para que se acerque, le enseña, le entrega una herramienta y le dice:

«Vamos a hacerlo juntos».

¿Por qué?

No porque necesite la ayuda de su hija,

sino porque quiere que ella participe.

Es algo parecido a lo que Dios ha hecho a lo largo de la historia de la salvación.

Podría haberlo hecho todo por sí mismo.

Sin embargo, quiso contar con hombres y mujeres para llevar a cabo sus planes.

Y, de entre todas las criaturas, nadie recibió una misión como la de María.

Dios quiso que su propio Hijo viniera al mundo por medio de Ella.

Y eso no se quedó en Belén…

En Caná, cuando se acabó el vino, fue la Santísima Virgen quien se percató de la necesidad de aquella familia y le transmitió la petición a Jesús.

Y Jesucristo realizó allí su primer milagro.

Más tarde, en el momento más doloroso de su misión, la Virgen estaba de nuevo junto a Él: a los pies de la cruz.

Parece que Dios quiso mostrarnos, a lo largo de toda la vida de Jesucristo, que María no sería una presencia secundaria en su obra.

Tanto es así que, en sus últimas palabras en lo alto de la cruz, Él quiso entregarnos a la Santísima Virgen como Madre.

Porque Ella siempre estaría cerca de Cristo.

Y, si Dios quiso que María estuviera tan cerca de Nuestro Señor durante su vida en la tierra, surge una pregunta:

¿Acaso la misión de la Virgen terminó cuando Jesús regresó al Padre?

Jesús regresó al Padre. Pero María permaneció junto a los discípulos.

Estaba con los apóstoles cuando éstos se reunieron en oración, esperando la promesa de Jesucristo.

La Virgen seguía allí.

Ya no era la Madre que acompañaba a Jesús por los caminos de Galilea. Ahora estaba junto a aquellos que continuarían su misión en la tierra.

Y esto nos hace darnos cuenta de algo importante:

María no pertenece al pasado. Está vinculada a la vida de quienes siguen a Cristo.

«¿Pero es Ella realmente mi Madre?».

A los pies de la cruz, cuando Jesús le dijo al discípulo Juan: «He aquí a tu madre», en aquel momento, Juan representaba a todos los seguidores de Cristo, es decir, a su Iglesia.

Así, Nuestro Señor nos entregó a su propia Madre como nuestra Madre.

Todo lo que una madre hace por su hijo, María lo hace por nosotros: cuida, aconseja, acoge, sostiene, educa, guía… Nos toma de la mano en los momentos de peligro y nos acompaña hasta el final.

Si la Virgen María es mi Madre, ¿cómo debo relacionarme con Ella?

Si Jesús quiso darnos a María como Madre, es natural que también quiera que tengamos con Ella una verdadera relación filial.

Los buenos hijos quieren estar cerca de su madre. Confían en ella y acuden a ella.

También es normal que los buenos hijos pidan ayuda y consejos a su madre…

Porque las buenas madres interceden por sus hijos… Es como cuando una madre de familia les dice a sus hijos: «No os preocupéis, yo convenceré a vuestro padre». Quien ha tenido una buena madre conoce el poder de la intercesión materna.

La Virgen es la Madre de las madres.

«El corazón de esta buena Madre es todo amor y misericordia. Ella sólo desea verlos felices. Basta solamente volverse hacia Ella para que lo escuche».

San Juan María Vianney

¿Pero eso no nos aleja de Jesús?

En absoluto.

María nunca ocupa el lugar de Nuestro Señor. Ella nos lleva hasta Él.

En Caná, cuando los sirvientes acudieron a la Virgen, Ella no los llamó hacia sí. Les señaló a su Hijo:

«Haced todo lo que Él os diga».

Ése es el papel de María: conducir a sus hijos hacia Cristo.

Por eso, cuanto más nos acercamos a Ella, más nos acercamos a Él.

¿Y si, en lugar de limitarse a pedirle algo a la Virgen, usted le entregara todo a Ella?

Una verdadera relación entre madre e hijo va mucho más allá de pedir ayuda.

Por supuesto, podemos recurrir a la Virgen en los momentos difíciles, pedir su intercesión y buscar su protección.

Pero podemos ir mucho más allá.

Podemos entregarle no sólo nuestras necesidades, sino toda nuestra vida.

Esa entrega tiene un nombre:

CONSAGRACIÓN.

Es como un hijo que, confiando plenamente en su madre, simplemente se pone en sus brazos.

Pero ¿qué significa, en realidad, consagrarse a la Virgen?

Consagrarse no significa sólo rezar una bonita oración o pedirle a la Virgen que cuide de nosotros.

Es elegir vivir cada vez más cerca de Ella, confiándole nuestra vida para que nos conduzca a Cristo.

Es como entregar una carta en manos de alguien en quien confiamos.

No sólo se entrega el papel.

También se entrega la responsabilidad de llevar esa carta a su destino correcto.

En la consagración, hacemos algo parecido:

ponemos nuestra vida en manos de María, para que nos ayude a vivir cada vez más unidos a su Hijo.

Y fue precisamente para vivir esta entrega de manera profunda que san Luis María Grignion de Montfort enseñó un camino de consagración a Jesús por medio de María.

Pero ¿cómo vivir esta entrega en la práctica?

Hace más de trescientos años, san Luis María Grignion de Montfort enseñó un camino sencillo y profundo para quienes desean pertenecer más perfectamente a Jesús por medio de María.

A este camino le damos el nombre de Consagración a la Virgen.

Y no tiene por qué recorrerlo solo.

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Desde hace décadas, los Heraldos del Evangelio ayudan a personas de diferentes lugares del mundo a conocer la verdadera devoción a la Virgen y a prepararse para la consagración según el método de san Luis María Grignion de Montfort.

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Durante treinta y tres días, estaremos a su lado, con meditaciones que le ayudarán a comprender, vivir y prepararse para este gran paso.

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Pero ¿es la consagración adecuada para usted?

Si desea acercarse más a Jesús, sí.

No es necesario que sea un gran conocedor de la fe, ni que haya dado grandes pasos en la vida espiritual.

Más bien al contrario: el camino de la consagración también está pensado para quienes más necesitan la ayuda de la Virgen.

Es para usted, que desea ponerse «en los brazos de María».

Y basta con tener el deseo de conocer mejor a la Virgen y, a través de Ella, entregarse cada vez más a Jesucristo.

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Ya ha comprendido el papel de la Santísima Virgen.

Ya ha comprendido por qué Dios quiso contar con Ella.

Y ahora sabe que puede poner su vida en sus manos y dejar que Ella le guíe hasta Jesús.

El siguiente paso es sencillo: comenzar su preparación para la consagración.

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